Paola Álvarez
Patricia Aldana
Paola Álvarez
Banco de fotos de Monte María
Qué rápido pasa el tiempo, ¿no?
El 5 de agosto tuvimos el gusto de recibir a las promociones de 1975 y 2000 para celebrar sus 50 y 25 años de haberse graduado.
El día tan esperado llegó, la oportunidad de volverse a encontrar. Según varias de las exalumnas que asistieron, la actividad fue de reencuentro, verse una vez más después de tantos años y tener el espacio para conectar entre ellas a través de las anécdotas de cuando fueron estudiantes. Esa mañana todas volvieron al pasado y regresaron a ser niñas, rememoraron todas esas vivencias que las marcaron y les permitieron transformarse en las mujeres que son hoy; mujeres que viven los valores de Maryknoll, valores formados a través de tantos aprendizajes. Ahora, se desempeñan en su día a día, distinguiéndose por la luz que emanan de sus corazones llenos de fe.
La celebración de este encuentro inició con una misa presenciada por las promociones que celebraron sus aniversarios de Oro y Plata, junto a la promoción actual de graduandas 2025. Fue un momento único en el que se habló sobre el espíritu del mes y de cómo nuestro Santo Patrono, Santo Domingo, es guía para mantener el equilibrio entre la oración y acción. Él nos instruye para proteger nuestros corazones, cómo cada misterio del rosario es una medicina para el alma y cómo la fe que se promueve en el Colegio nos hace sentir acompañadas siempre, haciendo de Monte María nuestra casa.
Después de ese compartir a través de la fe cristiana, las exalumnas se dirigieron hacia el Pabellón de la Paz. Ahí las esperaban todos los niveles del Colegio, quienes las recibieron con muchas sonrisas y aplausos, reconociendo el valor que han dejado en la historia de Monte María. Frente al público, exalumnas, en representación de las generaciones de 1975 y 2000 compartieron sobre cómo el Colegio las hacía recordar todas aquellas risas, bromas y travesuras que vivieron en los pasillos, también cómo disfrutaron haber pasado el proceso de conocerse con su promoción, aquellos papelitos que se pasaban en las clases, las emocionantes mañanas deportivas; todos los recuerdos, las lágrimas compartidas, los sueños que anhelaban y después de 50 o 25 años, ver cómo a lo largo de su vida han ido cumpliendo con esos sueños.
Y como ellas muy bien lo expresaron: “El cariño y la complicidad entre nosotras formó los cimientos de lo que somos hoy, es por eso que celebramos lo vivido y espero que nunca falten ganas de vernos”; palabras que demuestran, con ello, la nostalgia y aprecio que tienen hacia Monte María.
Luego, recordaron la ceremonia de velas realizada en la graduación y entonaron una vez más el himno del Colegio, aquella bella melodía que conmovió los corazones de las exalumnas, provocando sollozos, pero de alegría.
Finalmente, fueron dirigidas hacia el salón Cultural y allí participaron degustando de un delicioso refrigerio hecho con amor por parte del Colegio. Compartieron sus recuerdos y revivieron aquellos momentos llenos de júbilo que fueron parte de su historia en Monte María. Hubo varias historias que ambas promociones recordaban con picardía, como cuando la promoción de 1975 fue expulsada durante 15 días por salirse sin permiso del Colegio portando el uniforme de gala que se usaba en ese entonces; la promoción 2000 expresaba su recuerdo de cómo salieron todas las alumnas a manifestar porque no se les permitió hacer las marchas del 5 de agosto, algo que para ellas fue como un acto de hacer alzar la voz femenina.
El tiempo, con su paso silencioso, nos recuerda que los momentos compartidos son tesoros que no envejecen. El encuentro de las promociones de 1975 y 2000 no fue solo una celebración de aniversarios, sino un viaje al corazón de los recuerdos, donde la risa de juventud, las travesuras y los sueños de antaño se entrelazaron con la madurez y la experiencia de hoy. Fue un recordatorio de que el espíritu de Monte María no se queda en las aulas, sino que vive en cada mujer que porta sus valores, en cada corazón que sigue latiendo con fe y gratitud. Entre anécdotas, abrazos y miradas cómplices, se hizo evidente que el verdadero legado del Colegio no está solo en lo aprendido, sino en el vínculo humano que perdura, ese lazo invisible que une generaciones y que hace que, sin importar cuántos años pasen, Monte María continúe siendo un hogar.